El uso de teléfono cumple con una de las principales funciones que diferencian a los humanos de los animales: comunicarse. Sin embargo, el tener un celular parece ser una necesidad básica, producto de la costumbre que han adoptado las personas.
Le he dado muchas vueltas a la pregunta de si los mercadológos cran necesidades o no. He buscado ejemplos ilustrativos y contundentes de falsas necesidades y no, se me ocurre alguna. Así que retomare uno que ofrecieron mis alumnos con insistencia.
Se trata, ni más ni menos, que el teléfono celular. Bien entonces veamos por que. ¿Te imaginas tu vida actual sin uno de estos aparatos? ¡Desde luego! Vivimos muy bien sin ellos por años y nadie, hasta donde sé cayó irremisiblemente muerto por falta de uno. Es mas, estoy seguro que en más de una ocasión lo olvidamos y no ha ocurrido nada. Probablemente, confesémoslo, nos hemos llegado a sentir un poquito solos, nervioso a ratos, pero dudo mucho que hayamos caído en un ataque de pánico y sentido la imperiosa necesidad de comprar ipso facto un sustituto.
Técnicamente, como todos los demás tipos de teléfonos, responde a la necesidad de comunicación inherente al género humano y eso no lo invento ningún malévolo mercader movido por sus bajos e insaciables afanes de lucro. De tal suerte que en camino se han desarrollado cualquier cantidad de aditamento para hacernos más fácil la comunicación.
Decía Marshall McLuhan (el filósofo, profesor y teórico canadiense que estudio con amplitud la esencia y repercusiones de los medios de comunicación en los procesos socio-culturales) que los medios son extensiones de nuestros sentidos y que a través de ellos potenciamos su alcance. En este contexto, vemos a la rueda como una ampliación de los pies, a la televisión de la vista y al teléfono del oído, etcétera.
Todo este tipo de avances tecnológico, en muchos sentidos, han mejorado nuestra vida. Aún podríamos comunicarnos con señales de humo, gritos o algún otro código visual susceptible de ser leído a distancias. Pero, ¿Qué ocurriría con aquellas personas con quienes la comunicación directa físicamente no es posible?
Es un hecho que el teléfono convencional ha cumplido de manera eficiente –el de Antonio Meucci, el de Telmex deja mucho que desear– como una extensión del sentido del oídio. Aunque, si hemos de ser absolutamente riguroso, presenta un inconveniente considerable: no nos da movilidad y autonomía, implica que estamos anclado por un cable a un espacio físico limitado. En lo elemental –tanto el teléfono fijo, como el celular –coinciden plenamente. Es en el sentido de los traslados que el móvil se parece más al oído, puesto que puede ir con su dueño que puede ir con su dueño (cual fiel mascota) por todas partes.
Entonces, compramos celulares por que necesitamos estar comunicados, lo cual queda claro, pero ¿Por qué otra razón alguien puede querer tener uno? ¿Prestigio? ¿Modernidad? ¿Tecnología? ¿Características adicionales? Es un hecho que durante la adquisición de ciertos productos entran en juego un complejo paquete de necesidades, y –sobre todo– de gustos, los cuales se relacionan de manera estrecha con la amplia gama de alternativas que el desarrollo industrial ha puesto a nuestro alcance.
De tal manera, no resulta extraño que alguien quería comunicarse y conseguir un “juguete tecnológico”, o percibir que se es mas importante por estar en contacto constante con los demás, o comunicarse y creer que surfea en la cresta de la ola de la modernidad, o sentirse mayor si es menor.
Quizá, en el fondo, todas, estas razones entretejan la trama del proceso completo de decisiones de compra. Es cuando la mercadotecnia ofrece, propone, sugiere y deja que el cliente elija. Es él y solamente él, quien conoce ciertamente sus porqués.
Entonces me pregunto ¿Quién habrá sido el perverso y retrógrado creador de la necesidad de la ropa, cuando los taparrabos de piel resultaban tan provocadores?







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